El lunes pasado vino a mi casa otro comprador interesado en el artículo de "Mercado Libre" que yo había publicado hacia unos días. Llegó, aproximadamente a las cuatro y media de la tarde, se sentó a la mesa del comedor y le serví un poco de té. Todo parecía salir a la perfección. El artículo iba a ser vendido, yo iba a recibir el dinero y el cliente saldría de mi casa feliz por haber hecho un negocio exitoso. Todo era perfecto, hasta que el hombre comenzó a cuestionarme sobre el artículo a vender. Veníamos bien, charlando del tránsito, el clima y el té. Esos cinco minutos en los que recién había llegado fueron los mejores del día, hasta que mencionó el otro asunto.
Me preguntó cosas muy difíciles de responder: "¿Cuál es el precio de venta?" No salió palabra alguna de mi boca. "El aparato está en perfecto estado pero es muy grande y no me lo puedo llevar hoy ¿Cuándo vengo?" Tampoco salió ninguna palabra de mí. Antes le podía responder con señas, me decía que había tránsito y yo movía la cabeza dándole la razón pero... ¡no se inventaron señas para decir los días de la semana o el precio de las cosas!
Vi que se acercaba a la puerta para retirarse, subí rápidamente las escaleras en busca de papel y lápiz para explicarle por qué no le respondía. Mientras agarraba hojas, escuché el ruido de la puerta cerrándose. Permanecí algún tiempo en lo alto de la escalera y, poco a poco, comencé a comprender que mi visitante había desaparecido definitivamente. Quedaba solo devuelta, castigado para siempre por mi falta de comunicación.
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